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jueves
nov042010

Virgen de Las Peñas. Arica, Chile – Más cerca del Cielo

A 95 kilómetros de Arica y 1.200 metros de altura, junto al río San José, en la quebrada de Livílcar, se erige el Santuario de la Virgen del Rosario de Las Peñas.
La caja del río y la abrupta topografía, con acantilados graníticos que pueden levantarse hasta los 250 metros, adquieren un aspecto primigenio, ante cuya presencia el mundo moderno parece desaparecer.
No hay carretera hasta Las Peñas. El asfalto se acaba cuando todavía faltan 20 kilómetros para llegar y, tal vez caso único entre los santuarios actuales, esa distancia hay que cubrirla a pie o a lomo de mula, atravesando el cauce del río bajo la inclemencia de los valles que suben al altiplano.
Eso anticipa ya una de las notas predominantes del santuario: el espíritu penitencial. Peregrinos siempre numerosos se desplazan apegados al terreno, tostados bajo un sol que viaja con ellos. Parecen una viva alegoría de la purificación a lo largo del ondulante sendero, excavado por el río en la dura piedra siglo tras siglo. En la noche los caminantes encienden sus lámparas, sin interrumpir el paso, extendiendo por las laderas nocturnas la ilusión fantástica de estrellas viajando sobre la tierra.
Ese caminar silencioso lleva a los peregrinos a un ritmo diferente, sacudiéndoles las influencias urbanas y sus vértigos, para despertar en ellos una noción de trascendencia que poco a poco va sintiéndose más palpable.
Cuando llegan al santuario, generalmente con las primeras luces de la mañana, nada en el mundo puede superar la dulce mirada con que los recibe la imagen, esculpida en la roca y vestida con sencillez. Han llegado a Las Peñas.

“El fuego de las fogatas comienza a murmurar silencios, sombras. Los cuerpos cansados, reposan. Los animales mordisquean los alfalfales húmedos y un suave aire mece los eucaliptos. El río, inmutable, peregrina buscando el valle azapeño. El Santuario está inmerso en las sombras y las estrellas, lejanas, buscan otros senderos para decorar con la pálida luz, guijarros, granados, montañas. Todo es silencio y nada hace presumir el derroche de luces, petardos, marchas, aires criollos de tres naciones que pronto inundará la quebrada. ¡La fe tiene su despertar al Alba!
“Desde tiempos remotos la madrugada del sábado es el momento exacto en que los fieles de tres naciones hacen presente el enorme regocijo por que Dios les ha permitido llegar, peregrinando, impregnados de sacrificios, de abnegación, y, como bien lo describiera el recordado padre Urzúa, ‘con un cristianismo de viejo cuño’.
“El silencio es doblegado por los petardos, miles de ellos, que relampaguean en la oscuridad, trayendo reminiscencias orientales, válidas en el Santuario por la presencia de tantos fieles chinos, avecindados en Chile como en los países vecinos, especialmente en el pasado. Es el instante preciso, emocionante, del Alba. Las tonadas y cuecas chilenas anteceden a los huaynos, a las marineras, a los valses peruanos, llenos de alegría criolla. Las zampoñas no cejan, intentando permanecer latentes con el cántico andino.”
(Del libro “Más allá del Río”, 
de Erie Vásquez Benitt)

 

El poblado de Las Peñas es tan pequeño –una iglesia y unas calles pedregosas que forman una manzana, después un puente, una cancha, unas casas... y el desierto– que los bailes no podrían juntarse todos al mismo tiempo. Sin embargo, la grandiosidad del entorno natural suple las deficiencias materiales. 

El desierto es fecundo cuando se trata del espíritu. Difícilmente existirá en otro lugar de Chile tanta riqueza popular, efervescente de vida, contagiosa de entusiasmo y admirable en su autenticidad. Frente a Nuestra Señora de Las Peñas, las cofradías de danzas reintegran al pueblo andino repartido en tres naciones, impulsándolo a una sola y magnífica afirmación de identidad religiosa.

La noche parece desvanecer los estrechos límites del poblado, que se abre alegremente al misterio de las velas y las antorchas, al sinfín de peregrinos, a la música cuyo eco se pierde en el altiplano. El santuario organiza a las 9 de cada noche una procesión a la cual se van integrando los distintos bailes, en turnos diarios, para cantar y bailar a la imagen de la Madre de Dios. En las imágenes, un baile de “kuyacas”, inspirado en las pastoras de llamas del Altiplano.

Peregrinos venidos de otros países añaden nuevas pinceladas al cuadro de fe surgido año a año en el santuario. Arriba, un cofrade peruano de la Compañía de Morenos Nº 1 de Tacna y en la página siguiente, una integrante de la Sociedad Religiosa de Gitanos Virgen del Rosario de Livilcar, de Tacna, Perú.

Las danzas han concluido, los días sagrados han pasado. El santuario queda atrás... y al mismo tiempo se multiplica en el corazón de cada peregrino. Cobijado en la profundidad donde arde la fe, ese recuerdo será el compañero de viaje que estará con ellos en la vida diaria, reconfortándolos, hasta que en un año más sea momento de retornar a Las Peñas.

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